“Me moriré con esta vocación”. Elísabet Bórmida, la primera mujer en las escuelas de Educación en Contexto de Encierro

“La reja pega fuerte”, dice Elisabet Bórmida. Fue la primera mujer en entrar a una cárcel para enseñarle a los presos, allá por 1982, y así comenzó una carrera dentro de los muros que duraría por 36 años. Hasta su reciente jubilación, se desempeñó como Directora de la Escuela de  Educación Primaria de Adultos (EEPA) N°701 de Sierra Chica, y se consagró como una de las grandes referentes de la Educación en Contexto de Encierro.

“Adentro, uno naturaliza cosas que no debe”, continúa, “y yo decidí desde un principio que no se puede aceptar como natural caminar por los pasillos de la Unidad Penitenciaria pateando ratas, vivir entre cucarachas. En ese mismo momento me propuse mejorar los servicios educativos que funcionan dentro de de las cárceles en todo lo que pudiera”.

A fines del mes de octubre, sus ex colegas de la EEPA N°701 “Madre Teresa de Calcuta” , los estudiantes y las autoridades del Servicio Penitenciario Bonaerense se congregaron en un acto para homenajear a Elisabet, en reconocimiento por su extensa carrera. Los representantes de la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires le hicieron llegar una felicitación por escrito.

Durante el evento, su compañera y amiga Stella Martins fue la encargada de repasar sus luchas y logros: “No descansó hasta lograr su objetivo que fue y es reafirmar la importancia de la educación como herramienta para el mejoramiento de la calidad de vida de los y las estudiantes. Ya con docentes dando clases en los pabellones, tuvo en su mente tener un edificio propio para la Escuela”. Lo logró en 1999, cuando ella y la propia Stella Martins inauguraron el nuevo espacio de clases.

Su recorrido fue largo y arduo, pero si hay algo que dejó en claro, es que el compromiso lleva indefectiblemente al cambio y que la Educación es la mejor herramienta para crear un mundo más justo.

Los inicios

Corría el año 1982 y la cruenta dictadura del Proceso de Reorganización Nacional gobernaba al país. La consideración general era que las mujeres no podían trabajar con hombres privados de su libertad. Alguien sugirió que se podía hacer una experiencia piloto en la Cárcel de Sierra Chica, donde, desde 1889, funciona la primera escuela en contexto de encierro que se fundó en el país.  Sin embargo, no tardó en surgir la hostilidad reaccionaria.

“Cuando empecé, tuve que enfrentarme con la oposición de mucha gente dentro del servicio penitenciario, gente que sentía que había un conflicto entre las políticas penitenciarias y las políticas educativas. No me querían dejar trabajar. Tuve que amenazar con entrar con un escribano y un periodista”, cuenta Elisabet al rememorar sus inicios.

“Esta mina es loca. Me va a dar vuelta la cárcel”, protestó el entonces Director del penal. Pero aceptó recibirla.

—Primera macana que se manda, se va.
—Ya lo va a ver usted— contestó Elisabet.

Y se quedó durante 36 años. Muchos más que el Director. Ya por esos tiempos, Elisabet demostró una voluntad incansable por cambiar las cosas, sin importar con quien tuviera que enfrentarse.

“Hay que crear vínculos con los reclusos”, explica. “Yo fui muy criticada por esta idea, pero para mí es fundamental crear vínculos, preocuparme por ellos y que vean que la vida puede ser otra cosa”.

A partir de entonces, empezó a soñar con que sus alumnos pudieran estudiar en un edificio propio.

Haciendo historia

“Cuando yo propuse abrir una escuela, se me murieron de risa”, dice Elisabet y en su voz se trasluce el placer de la victoria. “Nos decían que la Seguridad y la Educación eran prioridad, pero se burlaban cuando peleábamos por conseguir un espacio para dar clases. Por eso fue tan satisfactorio cuando con Stella Martins abrimos las puertas. El 20 de abril de 1999 inauguramos la Escuela, que hoy es lo que más luce dentro de la cárcel”.

Ya con el edificio propio, hicieron lo imposible para conseguir un vicedirector, una secretaria, un prosecratario y un equipo docente que supera las 20 personas, de las cuales la mayoría son mujeres. Lejos quedan los prejuicios y enseñar en las unidades penales ya no es cosa exclusivamente cosa de hombres.

“Siempre estamos viendo que los estudiantes tengan los documentos de identidad, que estén nominalizados, que tengan lo necesario para poder asistir a las clases”, comenta y, de pronto, se recuerda a sí misma que ya está jubilada. “Digo ‘estámos’ porque lo llevo en las vísceras. Me moriré con esta vocación”.

A manera de homenaje en vida, nombraron “Elisabet Bórmida” al salón principal de la EEPA N°701, donde también puede encontrarse una piedra fundacional de la prisión, inaugurada en 1882.

El cuerpo docente en el acto homenaje a Elisabet. Fuente de Foto:Portal del Servicio Penitenciario Bonaerense
Júbilo

“La jubilación me llega en un momento muy particular. A lo largo de mi carrera hubieron épocas florecientes y otras en las que para nada”, señala. “En los últimos años fui viendo momentos de absoluto florecimiento con respecto al acompañamiento del nivel central. A eso se le suma las mejoras que veo en el Servicio Penitenciario, que está más organizado, y el golazo del Nuevo Diseño Curricular de Primaria, porque sinceramente no se pensaba que pudiera salir” destaca la directora.

Su trabajo trasciende los muros. En la actualidad, también participa de una organización civil dedicada a ayudar a que los liberados puedan conseguir trabajo y no vuelvan sin recursos al mismo lugar del que salieron, ya que esto los llevaría indefectiblemente a la reincidencia.

Elisabet Bórmida tuvo una extensa y fructífera carrera, donde pudo demostrar que el compromiso puede mejorar el mundo. No siempre será sencillo, pero la voluntad trae consigo al cambio irrefrenable. “Fui andando y desandando caminos, con tensiones y mucho trabajo, pero trabajar en Contexto de Encierro es maravilloso”, asegura. “Si hay una manera de cambiar las cosas es a través de la Educación”.